Por: Ariadna Rousaud
Arte para posar
Me atrevería a decir que todo empezó con el Moco Museum, ese gran crisol de color rosa donde lo que menos importa es el contenido. Después del éxito que venía cosechando en Ámsterdam desde 2016, en 2021 abrió puertas en Barcelona, evidenciando que España va un lustro por detrás de nuestros queridos euro-compatriotas norteños. Fue entonces cuando una horda de jovenzuelos y jovenzuelas que nunca habían pisado la palaciega calle Montcada -y mucho menos su emblemático Museo Picasso- se acumularon en masa a las puertas del nuevo hot spot de la ciudad.
Por las calles del Born serpenteaban interminables colas de pimpolles a quienes el arte poco importaba. Pero ¿qué más da? Lo relevante no era admirar las obras, ni descubrir nuevas inquietudes artísticas, sino fotografiarse luciendo espalda y cabellera frente a uno de los óleos oníricos de Guillermo Lorca o grabarse en la instalación ‘Diamond Matrix’ de Irma de Vries. Porque, igual que uno no va a cenar al Restaurante Gala sin retratarse en su tiovivo, tampoco visita el Moco Museum sin posar.
Y así, bajo la eventual promesa de acercar el arte contemporáneo a millennials y centennials, el Moco se convirtió, además de en un buen negocio, en un gigantesco set fotográfico.
Moco Museum Barcelona
Museos 2.0
Como siempre he sido fan de la doctrina Monty Phyton (‘always look on the bright sight of life’), lo del Moco me parecía hasta una buena idea. Entre foto y foto, alguna obra quedaría retenida en el hipocampo de les chavales. Así que me gustó la idea de que se pusiera de moda ir a museos.
Sin embargo, la cosa tomó otros cauces. En poco más de tres años, Barcelona se ha convertido en la cuna de propuestas pseudo-museísticas llamadas Balloon Museum, Paradox Museum, Big Fun Museum, Museo de las Ilusiones… La lista es extensa.
Paradox Museum Barcelona
Mención especial merece el Museo Banksy, dedicado al artista sin identidad, famoso en el mundo entero por satirizar el consumismo y la superficialidad de la sociedad contemporánea. Aquí la ironía alcanza niveles inauditos: el denominado ‘museo’ no es más que una madriguera con falsas reproducciones pintadas por vete a saber quién, sobre sus paredes postizas. ¿O son vinilos? No lo sé, tanto monta. Es un auténtico despropósito: la crítica del sistema absorbida por el propio sistema, envuelta en papel celofán y revendida como un lucrativo contenido viral.
Banksy Museum Barcelona
¿Por qué lo llaman museo si son chiquiparks?
A pesar de llevar el vocablo ‘museo’ en su nomenclatura, todos estos locales tienen poco o nada que ver con lo que hasta entonces conocíamos como un centro de arte, una galería o una pinacoteca. No hay ningún criterio curatorial. En esta nueva entelequia, los cuadros, las esculturas y las instalaciones audiovisuales se han substituido por globos, espejos deformes, salas atiborradas de neones y efectos ópticos chapuceros (pobre Escher, ¡si levantara la cabeza!).
A pesar de llevar el vocablo ‘museo’ en su nomenclatura, todos estos locales tienen poco o nada que ver con lo que hasta entonces conocíamos como un centro de arte, una galería o una pinacoteca
Insisto: me parece fenomenal intentar hallar una fórmula para que la juventud tome la iniciativa de acercarse a un museo. Si la montaña no va a Mahoma, que Mahoma vaya a la montaña. En los tiempos actuales, donde la atención dura un máximo 20 segundos entre scroll y scroll, es un milagro que una persona de 15 o 16 años invierta su energía e interés en visitar un museo, meca del deleite slow. Pero seamos francos. Por mucho que lleven el término ‘museo’ en su naming, no lo son. Que no nos engañen, que nos digan la verdad.
Llamémosles salas recreativas. Fábricas de contenido. Lugares diseñados para instagramearse. Manantial de FOMO. Recintos estéticos. En otras palabras: narcosalas de dopamina.
Llenar una habitación de globitos o pelotitas no es arte. Eso ya lo hizo Andy Warhol con sus ‘Silver clouds’ y, por aquel entonces, sí tenía sentido: la gente iba a experimentar, no a retratarse.
Estoy segura de que estos chiquiparks young-adult son divertidísimos, como la bolera o el Tibidabo. De ahí no se sale más listo, pero sí más feliz.
Big Fun Museum Barcelona
Palabras malditas
Los parques temáticos y las salas recreativas deben evolucionar y adaptarse a las nuevas demandas de la sociedad. ¡Por supuesto! Pero si éstas son tan absurdas como la réplica de un fuselaje para simular ser propietario de un avión privado o piscinas de bolas, tenemos un problema. Me incomoda que se apropien del vocablo ‘museo’. Que lo desvirtúen y lo despojen de su verdadero significado. Que caiga en el saco de las palabras malditas, como pasó con ‘sostenible’, ‘ecléctico’, ‘inmersivo’, ‘networking’, ‘afterwork’ y toda una ristra de términos que ahora dan más grima que el de ‘influencer’.

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