Por: Ariadna Rousaud
Desde hace un par de décadas, el contenido viene siendo el rey. O un dogma. Es una religión que obliga a todas las marcas —de moda, coches, mobiliario, cosmética…— a producir más contenido, más vistoso, y más rápido, a pesar de ser cada vez más perecedero. Porque no nos engañemos: la mayor parte del contenido nace con fecha de caducidad. Dura lo que dura un gesto de pulgar deslizándose sobre una pequeña pantalla: un suspiro digital. Desaparece sin dejar rastro, como si nunca hubiera existido. Pasados unos días (o unas horas) desde su publicación, ya nadie lo recuerda.
En medio de este frenesí, las marcas saben bien que ya no basta con vender productos. Hay que vender sueños, aspiración, ¡estatus! Y en ese intento por parecer algo más elevadas y cultas, han encontrado un filón en el mundo del arte.
Cuando todo es “gallery” y nada es arte
Porque el arte, como la literatura, es un terreno fértil para quienes quieren aparentar intelectualidad. Su pátina de sofisticación lo cubre todo: cuando la ignorancia es colectiva, nadie desentona.
Cada vez es más habitual entrar en una tienda o, como gusta decir, una gallery, donde la ropa, los muebles o los coches se combinan con una exposición pictórica o escultórica.
Esas pinturas y esculturas se presentan a modo de exposición artística cuando, en realidad, son solo una puesta en escena. Son un decorado pensado para ser compartido, en lugar de contemplado. Las obras funcionan mejor en un feed que en una conversación, y, como ocurre en el gremio de actores, los artistas no son seleccionados por su discurso, talento, trayectoria o proyección, sino por su capacidad para generar likes.
El objetivo no es emocionar, ni cuestionar, ni abrir debate. El objetivo es atraer, retener unos segundos y, si hay suerte, convertir esa visita en la venta de una camiseta, unos vaqueros o una silla.

Kave Home Gallery
No confundir mecenas con mercenarios
Está claro que los artistas participan voluntariamente en este juego. Y no es difícil entender por qué. Las facturas no se pagan solas. El sistema no siempre ofrece alternativas. Pero el resultado es una especie de simulacro donde todos parecen ganar hasta que uno se pregunta qué queda realmente después.
Porque en este proceso, el arte se desvirtualiza. Pierde densidad, pierde contexto y, sobre todo, pierde su razón de ser. Se convierte en un accesorio más dentro de una estrategia de marketing.
Mientras tanto, fuera de ese circuito, los galeristas de profesión siguen trabajando con criterio y rigor, ejerciendo una curaduría pensada y argumentada para acercarnos a sus artistas, entendiendo que el arte va más allá del impacto inmediato.
Y aquí es donde quizá conviene detenerse un momento. Preguntarnos si queremos seguir alimentando esta maquinaria. Si nos compensa toda esta pantomima. Si todo vale con tal de parecer —que no ser— un poco más cultureta.
Tal vez la respuesta no esté en grandes gestos, sino en algo mucho más sencillo: en dejar de aplaudir según qué propuestas. En no ir, ni compartir. Aunque sea, simplemente, por respeto a quienes llevan años sosteniendo el arte desde un lugar mucho menos vistoso, pero infinitamente más honesto.




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